Si la ciencia, la tecnología y la educación sostenían la
creencia en el progreso, el deterioro actual del país también encuentra un
correlato en los sistemas científico y educativo. No se trata de un fenómeno
reciente. Las decadencias son largas y responden a muchos factores. En el caso
de las universidades públicas argentinas se viven horas muy dramáticas y
conflictivas. Los casi tres años transcurridos por el gobierno de Javier Milei han
estado jalonados por conflictos con distintos sectores de la sociedad. Uno de
los más llamativos está siendo la confrontación del gobierno con las
universidades nacionales. Intentaré hacer un repaso de lo sucedido, pero quiero
anticipar mi convicción de que los males vienen de lejos, aunque sus síntomas y
sus causas anteriores fueran diferentes a los del presente.
Por estos días, la confrontación entre el gobierno y las
universidades parece limitarse a la cuestión de los recursos económicos. Sin
embargo, eso es así solo en parte. No se trata solamente de una disputa
presupuestaria ni una reyerta discursiva que alimente los medios informativos,
sino de algo más profundo que movilizó a cientos de miles de manifestantes en varias
protestas callejeras. La consigna de defender las universidades tuvo el efecto
paradójico de despertar el aprecio de grandes proporciones de la clase media por
sus universidades recuperadas en el afecto como propias. Desde el comienzo hubo
un fuerte apoyo popular con marchas multitudinarias en las principales ciudades.
Tiene cierta dificultad describir este conflicto porque el
enfrentamiento se despliega en varios frentes. No se trata solamente de un
reclamo por mayor presupuesto, aunque inicialmente lo fuera, sino que incluye
el retraso de los salarios docentes, la exigencia gubernamental de auditar el
gasto de las universidades y por parte de ellas una defensa cerrada de la
autonomía universitaria. Con el trasfondo del ajuste fiscal que el gobierno viene
realizando como un eje central de su propuesta política, a la disputa no le han
faltado las diatribas del propio Presidente contra los universitarios. Pero sería
sesgado limitar los aspectos señalados a la política del actual gobierno. Sería
erróneo suponer (como algunos lo hacen) que la universidad pública argentina,
al igual que sus instituciones científicas eran irreprochables hasta que llegó
Milei al poder.
Como señalé antes, la decadencia es larga, viene desde
décadas atrás y acompaña en buena medida las causas y los rasgos de lo ocurrido
con el país en casi todas sus dimensiones. La cultura dominante alimenta idealizaciones
que se convierten en dogmatismos contrapuestos que impiden un verdadero diálogo
y acuerdos políticos, se obstina en una tendencia al igualitarismo que empobrece
a todos y conspira contra la excelencia, se procura un refugio en el recuerdo
de un pasado mejor. La realidad registra rendimientos decrecientes y búsquedas
de culpables, de uno y otro lado. Las universidades muestran en muchos casos gobiernos
burocráticos con escasos valores académicos. Un problema estructural atraviesa una gran parte del sistema
universitario argentino y es la dificultad que muestran muchas de sus
autoridades -rectores y decanos- para aceptar la alternancia y en cambio aspiran
a perpetuarse en el poder. Esto mismo ocurre con los sindicatos, con algunos
gobiernos provinciales y muchos municipios. Es casi un rasgo de la cultura
política argentina forjada en décadas.
Etapas del conflicto
actual
En cualquier caso, la crisis actual comenzó el 10 de
diciembre de 2023 cuando Milei asumió la presidencia con una promesa: reducir
la inflación y para ello eliminar el déficit fiscal mediante un fuerte recorte
del gasto público. El primer mes de su gobierno una devaluación disparó la
inflación antes de que luego comenzara a reducirse. Las universidades
nacionales quedaron atrapadas en una encerrona: su presupuesto fue congelado y simplemente
se prorrogó el del año anterior, sin modificaciones, a pesar de que correspondía
a un contexto de inflación muy diferente. Con este movimiento las partidas
universitarias quedaron rápidamente desactualizadas. La protesta surgió en
forma inmediata, mientras el gobierno sostenía que se trataba de un ajuste
indispensable para terminar con el déficit, pero además exigía que las
universidades demostraran cómo utilizaban los recursos públicos.
En abril de 2024 el mundo universitario en pleno, tanto los rectores
como los estudiantes, docentes y no docentes, convocaron a una
movilización en defensa de la universidad pública. El 23 de
abril se produjo la llamada Marcha Federal Universitaria que
tuvo carácter masivo dado que no solamente se sumaron algunos sindicatos y
organizaciones sociales, sino sobre todo personas que acudían espontáneamente.
El gobierno reaccionó anunciando acuerdos con el Consejo
Interuniversitario Nacional (CIN) por sucesivos aumentos para gastos
de funcionamiento, logrando así una distensión parcial, pero
no resolvió el problema de los salarios que quedaron retrasados con
respecto a la inflación acumulada. De este modo, el conflicto empezó
a dividirse en dos grandes reclamos: por un lado, el presupuesto para
las instituciones universitarias y por otro los salarios para los docentes y
no docentes cuya pérdida se estimaba en un 25% desde el comienzo del gobierno
de Milei.
El problema llegó hasta el Congreso y éste aprobó una ley que
actualizaba las partidas presupuestarias y los salarios de acuerdo
con la inflación, además de contemplar recursos para
investigación y becas. Milei decidió vetarla con el argumento de
que la ley implicaba aumentar el gasto público sin que se estableciera
una fuente de financiamiento compatible con el objetivo del
déficit cero. Apenas comenzado octubre se anunció oficialmente el
veto. Ese mismo día se produjo una nueva movilización
universitaria de enorme magnitud. Esta vez el conflicto era ya más
complejo. La consigna ya no era solamente: “Necesitamos más presupuesto”. Ahora
también era: “El Congreso aprobó una ley y el Presidente
la vetó”. La discusión pasó a otro plano porque el gobierno
comenzó a presentar el movimiento universitario como parte
de una oposición política más amplia. Los estudiantes comenzaron
a tomar facultades y universidades. Para octubre, más de 25
universidades nacionales tenían algún tipo de ocupación o
protesta.
En agosto de 2025, la historia se repitió, pero
con una diferencia fundamental: el Congreso aprobó otra Ley
de Financiamiento Universitario que establecía mecanismos de actualización
presupuestaria y salarial vinculados a la inflación y Milei volvió
a vetarla, pero esta vez la oposición logró reunir los
votos necesarios para rechazar el veto presidencial. Ahora el problema tomó
otro cariz: ¿puede el gobierno no aplicar una ley? Este es
probablemente uno de los puntos más interesantes de toda la
historia. El gobierno sostuvo que la ley era inválida porque
implicaba un gasto para el que no
había financiamiento previsto en el presupuesto nacional y apeló ante la
justicia cuestionando su aplicación. Las universidades, en cambio,
argumentaron que si el Congreso aprobó una ley y consiguió incluso
superar un veto presidencial, el Poder Ejecutivo tenía que cumplirla.
Por eso el conflicto pasó progresivamente de las calles al Poder Judicial.
Durante 2026 la disputa continuó. En mayo,
la Justicia suspendió la aplicación de la ley a pedido del gobierno,
pero la cuestión llegó a la Corte Suprema de Justicia de la
Nación. Al mismo tiempo, las protestas universitarias volvieron a
crecer con nuevas movilizaciones, paros docentes y ocupaciones
estudiantiles. El reclamo central era que el gobierno cumpliera
la ley de financiamiento aprobada por el Congreso. Según
estimaciones del CIN las transferencias a las universidades
acumulaban por entonces una caída real del 45,6%, mientras que
los salarios de los trabajadores universitarios ya habían perdido
alrededor del 37% de su poder adquisitivo. Por fin, en junio un fallo
de la Corte Suprema rechazó el recurso extraordinario presentado por el gobierno,
dejando firme lo dispuesto por la ley. Pese a ello, el conflicto sigue abierto,
ya que en el proyecto de presupuesto nacional para 2027 presentado por el gobierno
al Congreso no se incluyen las partidas que permitirían dar cumplimiento a la
ley y al dictamen de la justicia.
El problema de fondo
Si uno mira todo el conflicto desde afuera,
parece que el eje central es solamente el financiamiento, pero
en realidad hay varias discusiones
superpuestas. La primera está referida al dinero que necesitan las
universidades para funcionar normalmente. La segunda discusión está referida al
salario de docentes y no docentes. Esta terminó siendo uno de
los principales motores de los paros. En el caso de las universidades
nacionales, casi el noventa por ciento del presupuesto son los sueldos, de modo
que su reducción tiene un impacto salarial directo.
Una tercera discusión es acerca del control del gasto de las
universidades. El gobierno las acusó de no rendir cuentas de su ejecución
presupuestaria, exigiendo que se realizaran auditorías por parte de la
Sindicatura General de la Nación (SIGEN). La UBA se negó a ser auditada por la
SIGEN, pero otras universidades optaron por acceder. El gobierno enfatiza en la
necesidad de realizar auditorías y sostiene que las universidades, como toda
institución que recibe fondos públicos, tienen que poder demostrar
cómo los gastan. Las universidades responden que las auditorías
ya existen y están a cargo de la Auditoría General de la Nación
(AGN), la cual depende del Congreso de la Nación. Con el devenir de todo este
proceso se generó un intríngulis aún no resuelto que implica al propio
gobierno, al parlamento y actualmente al poder judicial. Finalmente, el conflicto
universitario terminó convirtiéndose en una discusión
sobre la relación entre el Poder Ejecutivo, el Congreso,
las universidades autónomas y la Justicia.
Llama la atención que en este conflicto haya escasa mención
en los discursos de uno y otro lado a la calidad de la educación superior y de
la investigación científico-tecnológica. ¿Ha afectado la crisis presupuestaria
y la confrontación de las universidades con el gobierno la calidad de la
educación superior? Indudablemente, sí. La caída de salarios afecta no
solamente la economía personal sino la moral de los docentes, que se sienten
injustamente discriminados y desvalorizados. En el caso del sistema científico,
el problema se agrava por una caótica estructura burocrática degradada de
Ministerio a subsecretaría con escasos recursos económicos. La percepción de
estos hechos se ve agravada por el hecho de que tanto el sistema científico,
como el universitario, fueron discursivamente privilegiados por el gobierno
anterior, lo que se tradujo en una adhesión mayoritaria por parte de sus
miembros. Resulta paradójico que, como he señalado en artículos anteriores, se
trató en gran medida de un privilegio casi exclusivamente retórico, ya que en
el caso de la ciencia y la tecnología los aumentos presupuestarios estuvieron
dentro de una tendencia histórica y en el caso de las universidades, el sistema
se expandió sin una planificación razonable de la oferta de educación superior.
El problema es que lo discursivo y las percepciones subjetivas, tanto en el
populismo actual, como en el anterior, son más importantes que los datos
objetivos. Precisamente, los datos muestran que el problema es mucho grave y
atañe a todos los niveles educativos. Las pruebas PISA y otras comprobaciones
objetivas muestran la decadencia de la enseñanza primaria y secundaria, con un
alto porcentaje de alumnos que no comprenden lo que leen y tienen muy limitada
capacidad en matemáticas. Los datos ponen de relieve que en todos estos
aspectos Argentina ha retrocedido con respecto a otros países de América
Latina.
¿Toda esta decadencia es culpa de Milei? Sin lugar a duda,
la política del actual gobierno es deficiente, por decir algún término y
contribuyó a agravar la situación. Pero insisto en que las causas de la
decadencia son anteriores. Desde la recuperación de la democracia la masividad de
la demanda de educación superior viene siendo atendida a expensas de la
calidad, con docentes de baja dedicación (y bajos ingresos). Menos del diez por
ciento de los docentes universitarios tiene dedicación exclusiva. Se ha
multiplicado la cantidad de universidades e institutos universitarios, así como
la oferta de carreras, sin que exista un número suficiente de docentes que
permitan garantizar la calidad necesaria. En este contexto no resulta asombroso
que la tasa de deserción de los estudiantes sea muy alta, sobre todo en la
parte inicial de las carreras. Apenas una cuarta parte de los estudiantes que
ingresan a la universidad logra graduarse, lo que sitúa la tasa de deserción y
abandono acumulado en un rango que coloca al país en uno de los que posee los
índices de abandono de los estudios universitarios más altos de Latinoamérica.
Más aún, el número de ingresantes a las universidades nacionales ha crecido,
pero el número de graduados no.
Como señalé en un artículo anterior en mi blog, en el pasado
reciente ha habido dos ejes sobre los que ha oscilado el debate acerca del sistema
universitario argentino y la toma de decisiones en esta materia: de un lado, el
de la calidad y la excelencia, mientras que del otro la equidad social y la
inclusión. En mi opinión, el desafío es el de articular un sistema que
garantice la igualdad de oportunidades en el acceso -y en la permanencia- de
carreras universitarias de excelente calidad. Pero esto es tan difícil como
lograr que el país crezca sin déficit fiscal pero con salarios razonables,
empleo suficiente y reducción de la pobreza. Ciertamente, no es un desafío
simple porque no solamente habría que resolver el problema presupuestario, sino
que se hace necesario rediseñar desde lo más básico el sistema de educación
superior. En cuanto a la autonomía universitaria, que es una condición
necesaria para garantizar la libertad de pensamiento, el diálogo y la
creatividad, también debe ser repensada porque el paso del tiempo hace que su
alcance y ejercicio no puedan ser iguales a los de principios del siglo pasado.
Es preciso redefinir sus términos.
Atrapados en una confrontación de percepciones ancladas en
el pasado, es difícil que las universidades argentinas (y el propio país)
puedan resolver desafíos tan urgentes como los que plantea el cambio
tecnológico acelerado, la nueva revolución industrial que incluye la
inteligencia artificial entre otros avances como las neurociencia, las ciencias
del comportamiento, la biotecnología y muchas otras disciplinas que evolucionan
vertiginosamente. En este sentido, la separación de los sistemas universitarios
y el científico tecnológico es un problema. La magnitud de las reformas
necesarias deben estar basadas en consensos básicos y las dificultades que esto
supone en el mundo universitario y científico constituye también una metáfora
de las dificultades que implica alcanzar acuerdos que permitan revertir la
decadencia del país.
Estimado Mario:
ResponderEliminarEspero que te encuentres bien.
Recibí tu blog con sentimientos encontrados.
Me alegra ver tus tres textos sobre evaluación, tan bien pensados y que invitan a la reflexión.
Me entristeció el mensaje introductorio, en el que describes la situación actual.
La mención de Stefan Zweig me conmovió por dos razones.
Al igual que mis padres, tuvo que huir de la rica cultura de Europa Central debido a la persecución nazi contra los judíos.
Tras ser acogido en Brasil, al igual que mis padres, se suicidó en Petrópolis, desesperado ante lo que percibía como la inevitable victoria del nazismo y el fascismo. Pero estos fueron derrotados.
La institución universitaria tiene una tradición de resiliencia. Las hermosas universidades argentinas, a las que tanto te has dedicado, superarán la crisis actual.
Un cordial saludo, Ary Plonski